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La potencia económica alemana está en declive. En los años ochenta y noventa del pasado siglo, si comprabas tecnología electrónica o industrial la probabilidad de que fuese de fabricación alemana era muy alta. El made in Germany fue marca de calidad y el made in China marca de escombrera. En cuatro décadas todo ha cambiado. El capitalismo neoliberal, huyendo de las crisis de límites, decidió poner las fábricas en el sudeste asiático para dedicarse a la especulación bursátil, los mercados de futuros y la apropiación de lo público.
Se trataba de mantener alta la tasa de crecimiento a costa de desplazar la producción de bienes materiales a lugares donde la mano de obra era más barata y la legislación ambiental prácticamente nula. Se trataba de controlar desde los centros de poder occidental los flujos y precios de la energía, las materias primas, los recursos naturales y la producción agraria, al tiempo que se entregaba la capacidad de fabricación a China, India y los llamados en su día se llamaron tigres asiáticos. Se trataba de manejar los hilos sin mancharse las manos.
Pero al igual que las ideas ni pueden escapar de su materialidad corporal, el capital no puede escapar de la territorialidad. Al desplazar la producción material fuera de Estados Unidos y Europa se crearon las condiciones para que estados fuertes como el Chino, con niveles de desarrollo tecnológico muy inferiores, no sin daño ambiental y social, promoviesen la formación de mano de obra cualificada, la investigación y la innovación con la que hoy hablan de con manifiesta superioridad al mundo.
Tal es así que ya hay más preocupación por los límites planetarios y el medio ambiente en China que en Estados Unidos. Mientras la potencia asiática se preocupa por las condiciones biofísicas planetarias de supervivencia de la especie humana cada vez más, en Europa se abandona la transición verde en favor de la industria de la guerra y los EE.UU. abandonan todo organismo internacional que pretendan abordar de forma cooperativa, si quiera mínimamente, la cuestión del cambio climático. La ceguera de los actuales liderazgos europeos y estadounidenses es telúrica. Además. ni Alemania ni los EE.UU. tienen capacidad industrial para competir con China por mucho que lo deseen.
En un conservador e ideológicamente intencionado artículo titulado La cuestión de Alemania Enric Juliana escribe en referencia al motor de la economía europea: "Han perdido el gas ruso, han perdido la amistad norteamericana y han visto limitado el mercado chino. Esto es una crisis de modelo como la copa de un pino.” Una artículo en el que solo resulta disonante el papel que el analista le otorga a Angela Merkel. La ex presidenta alemana, al contrario de lo que Juliana afirma, generó y activó relaciones de vecindad económica con Rusia, fue durante sus mandatos cuando se pusieron en marcha los gasoductos Nord Stream, reventados con toda probabilidad por Ucrania con la colaboración de la administración Biden al principio de la guerra de Ucrania.
El gobierno alemán CDU/SPD se dispone a construir el ejército más grande que se haya visto en Europa sin computar al déficit. Su presidente Friedrich Merz anuncia un recorte de 47.000 M€ en dos años (5% del presupuesto bianual federal). No oculta que afectará al estado social. No deberíamos olvidar el riesgo que supone el pueblo alemán en crisis y armado hasta los dientes. La UE gira su política energética, su política ecológica y su política social con el empuje y el consentimiento alemán, ocultando el vínculo entre gasto en armas y recortes del estado social y de derechos, atrapada en una pinza geoestratégica entre la Rusia de Vladimir Putin y los EE.UU. de Donald Trump.
En esta fase del capitalismo occidental anglosionista, en la que quince o veinte personajes calificados como tecnofeudalistas, volcados con la estrategia trumpista de control de flujos, fuentes de recursos materiales y combustibles, lo quieren todo todo el tiempo, el déficit de los estados ya no cuenta si es para gastar en guerra. Los interesados apóstoles del nuevo orden mundial, como escribe, también en La Vanguardia, Manel Pérez, dominan el entorno trumpista y se disponen a cambiar el mundo impulsados por el Manifiesto Palantir, a cuyo frente ideológico se sitúa Peter Thiel y Alexander C. Karp, dueño y consejero delegado de la tecnológica especializada en técnicas Inteligencia Artificial para la coerción, el asesinato y la guerra que da nombre al manifiesto.
Pero que el déficit de las cuentas públicas se esconda bajo la moqueta de los ministerios de hacienda no quiere decir que no exista. El gasto en guerra y el desorden bélico y genocida en oriente medio promovido por Israel, está afectando a la economía del imperio estadounidense, la guerra contra Irán es una trampa de la que el trumpismo ya no sabe cómo salir. El gasto en guerra como dijo explícitamente el Secretario General de la OTAN, Mark Rutte, afectará a pensiones y estado social, el gasto en guerra, como ha anunciado el canciller alemán Friedrich Merz se hará a costa de recortes en los servios públicos y la protección de las personas.
El ministro de economía español, Carlos Cuerpo, anuncia con total descaro que el gasto militar, 40.000 millones de dólares, un 50% superior al de 2024 no computará al déficit, cuando hace menos de diez años el déficit era el ogro del estado social causante de desigualdad y muerte social. Lo que no dice es que se está haciendo a costa de olvidar el estado social, la protección del derecho a la vivienda, o la adecuada financiación de las autonomías de las que dependen la sanidad, la educación o la dependencia, por ejemplo.
Para los operadores del capital, el régimen de guerra, es un win win, ganan con la industria de la guerra y con el incremento de los precios de la energía, y ganan, al recortar el estado social, con el desplazamiento de la demanda de servicios imprescindibles (sanidad, educación, dependencia...) hacia los operadores privados. En el contexto global, nos adentramos (estamos) en un totum revolutum europeo y no sabemos cómo se moverán los cimientos políticos del estado alemán, la vieja locomotora europea, mientras los grandes beneficiados son los tecnoligarcas anglosionistas que operan en el entorno de familiar Trump.
La CDU y el SPD se disponen a abordar su propia crisis por la vía de las armas, AfD acecha acumulando fuerza con el malestar social como hizo el nazismo. Al tiempo, empiezan a surgir movimientos que se oponen a la la leva obligatoria alemana. En Francia será más difícil afrontar recortes para armas, la izquierda está allí más fuerte y orientada al futuro. Meloni huye de Trump. Polonia es la gran baza trumpista para desarticular la UE. El trumpismo y el putinismo tienen a Europa en una pinza. Ucrania es la manzana envenenada para el "jardín" europeo, la guerra con Irán el desfiladero que ponen en jaque la economía estadounidense y occidental. El Israel genocida es el pilar del imperialismo de los EEUU.
La dependencia de los combustibles fósiles hace temer a Francia y Alemania la mudanza industrial hacia el sur, donde el potencial del hidrógeno verde es inmenso. En el subsuelo de Europa se acumula un magma que, sin liderazgo europeista cooperativo, reventará las puertas del sálvese quien pueda. El capitalismo alemán acabará añorando a Merkel, los Nord Stream y la buena vecindad con Rusia. Entre tanto, los EEUU aceleran su decadencia envueltos en aranceles y operaciones militares ilegales e ilegítimas, y China refuerza su posición confuciana con paciencia estratégica.
La actual “burbuja” económica española sostiene su crecimiento debido a que las renovables mantienen el precio de la energía bajo y al aumento del turismo en un mundo convulso. Pero la bondad macroeconómica no se corresponde con la realidad de las familias. El turismo es la toxina que traba el acceso a la vivienda y el precio de la vivienda vinculado a la concentración de la propiedad el modo más extremo de extracción de las plusvalías fruto del trabajo. Cuando los sueldos no llegan para vivienda, alimentación y transporte al mismo tiempo y la salud, la educación, la FP, la universidad y la atención a la dependencia requieren gasto familiar, el magma del descontento se acumula debajo de la corteza social esperando que un acontecimiento abra las grietas del malestar.
En este contexto resultan dramáticas las disputas en la izquierda por las migajas electorales de lo que vaya quedando. Pensar en grande no pasa por operaciones de rehabilitación sino por construir un proyecto con-federal sobre un horizonte común para todos los pueblos del estado.