La ciencia está llena de verdades enterradas. O, como dice George Steiner, «sólo la certeza envejece.» Las ideologías progresistas y liberales que se conforman y cobran naturaleza orgánica en los siglos XVIII y XIX, están imbuidas de racionalismo. No sólo como el culto a la razón generadora de argumentos que no requieren de la Fe, sino también, como el culto a la ciencia, entendida ésta como exacta. De ahí la ambición de cualquier disciplina por matematizarse, por plasmar mediante ecuaciones o mecanismos los hechos naturales, humanos o sociales. Digamos que la intuición y lo simbólico ceden a la reflexión y al modelo de la ley física. (Lo que ya apuntó Galileo cuando decía, contra los teólogos que argüían que su experimento del plano inclinado no se cumplía, «si las bolas no cumplen mi ley del plano inclinado “suo danno” –allá ellas–.» Así, el movimiento romántico de las artes del XIX, es un movimiento de resistencia a los presupuestos de la dictadura de la razón científica exacta.
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domingo, 11 de septiembre de 2011
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