El viento es, como definió Conrad, la voz salvaje y exultante del alma del mundo. Para oír sus palabras, rumor a veces, los hijos de una especie milenaria están poblando el paisaje de nuestras comarcas. Si este verano han realizado algún viaje por Andalucía, habrán visto conjuntos de ejemplares de porte egregio que agitan sus brazos desde lo alto de la montaña, o en los llanos de Alquife, saludando al viajero. En Andalucía, Tarifa ha dejado de ser el único lugar de emplazamiento. Son molinos eólicos del siglo XXI que el Ingenioso Hidalgo, si anduviera de nuevo “desfaciendo” entuertos, confundiría con gigantes venidos de otros mundos. Cíclopes imponentes de igual belleza, por qué no, que la de los colosos que acometió en la Mancha. El viajero de hoy ya se familiariza con las esbeltas atalayas cilíndricas, que portan aspas de perfil alar y torsión helicoidal, del tamaño de torres catedralicias.
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miércoles, 20 de julio de 2011
Arpas eólicas
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